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El zoológico de la Ciudad de Guatemala: cuando la realidad supera lo que imaginamos

Por Alex Desjardins



Hay lugares que uno visita sin demasiadas expectativas y que, sin darse cuenta, terminan marcando la experiencia del viaje. El zoológico de la Ciudad de Guatemala fue uno de esos espacios para mí. No solo por su tamaño, sino por todo lo que despierta al recorrerlo con calma, observando cada detalle, cada especie y cada reacción propia frente a lo desconocido. Es, sin duda, uno de los zoológicos más grandes que he visitado en Centroamérica, y también uno de los que más me ha sorprendido.


Desde el primer momento, el recorrido se siente amplio y bien organizado. No es un lugar que se agota rápido ni que se recorre con prisa; al contrario, te obliga casi sin querer a bajar el ritmo, a detenerte, a mirar con atención. Caminando entre senderos, áreas verdes y espacios diseñados para albergar distintas especies, la sensación es la de estar entrando en pequeños mundos que coexisten en un mismo lugar. Desde mi lente, esa experiencia se vuelve aún más intensa porque cada escena parece contar una historia distinta.



Uno de los momentos más impactantes del recorrido fue ver camellos por primera vez en mi vida. Hasta ese día, mi referencia de ellos se limitaba a documentales, fotografías o ilustraciones en libros. Sin embargo, verlos en persona fue algo completamente distinto. Son muchísimo más grandes de lo que siempre imaginé. Su tamaño, su presencia y la forma en que se desplazan generan una mezcla de asombro y respeto. No pasan desapercibidos; al contrario, imponen. Estar frente a ellos te hace replantearte cuántas ideas preconcebidas tenemos sobre los animales que creemos conocer solo porque los hemos visto en una pantalla.


Esa experiencia me recordó lo limitado que puede ser el conocimiento cuando se queda únicamente en lo visual y lo lejano. Ver a los camellos tan de cerca, observar sus rasgos, su textura, su mirada, fue un ejercicio de realidad pura. No había filtros ni encuadres perfectos, solo el animal ahí, existiendo, y uno aprendiendo a mirar de verdad.


Pero si hubo un momento que se quedó grabado con especial fuerza, fue poder darle de comer a las jirafas. No es algo que uno haga todos los días, y mucho menos algo que se olvide fácilmente. Estar tan cerca de ellas cambia por completo la percepción de su tamaño. Las jirafas no solo son altas; son enormes, elegantes y sorprendentemente delicadas en sus movimientos. Ver cómo se acercan, cómo extienden el cuello y toman el alimento con cuidado es una experiencia que mezcla emoción, sorpresa y un cierto nerviosismo inevitable.




Desde mi lente, ese instante fue una lección silenciosa sobre la conexión entre humanos y animales cuando se da desde el respeto y la curiosidad. No se trató solo de alimentar a una jirafa, sino de entender, aunque sea por unos minutos, lo impresionante que es la vida en todas sus formas. Estar ahí, tan cerca, rompe la distancia simbólica que solemos tener con la fauna silvestre y nos recuerda que compartimos el mismo mundo, aunque muchas veces lo olvidemos.


El zoológico de la Ciudad de Guatemala no fue únicamente una visita turística. Fue una experiencia que activó los sentidos y cuestionó ideas que daba por sentadas. Cada área recorrida ofrecía algo distinto: desde animales que nunca había visto en persona hasta otros que, aun siendo conocidos, se presentaban de una manera completamente nueva. El espacio invita a observar, a aprender y también a reflexionar sobre la importancia de la conservación y el cuidado de las especies.


Caminar por el zoológico fue, en muchos momentos, un ejercicio de contemplación. No se trata solo de ver animales, sino de permitirte sentir el impacto que tiene estar frente a ellos, reconocer su grandeza y aceptar lo pequeños que podemos ser frente a la naturaleza. Desde mi lente, ese es uno de los mayores valores del lugar: te obliga a mirar más allá de lo obvio.


Al final del recorrido, me quedé con la sensación de haber vivido algo más que una simple visita. El zoológico de la Ciudad de Guatemala se convirtió en un espacio de descubrimiento, asombro y aprendizaje. Una experiencia que confirma que hay cosas que solo se entienden cuando se viven en persona, cuando dejamos de imaginar y empezamos a mirar con atención. Y esas experiencias, sin duda, son las que terminan quedándose con nosotros mucho después de haber salido del lugar.


Cuando el agua no llega: migración, desigualdad y vida cotidiana.

 


En Costa Rica, el acceso al agua potable está reconocido como un derecho humano. Así lo establece la Constitución Política y diversos instrumentos internacionales ratificados por el país. Sin embargo, en la práctica, este derecho no se garantiza de manera equitativa en todos los territorios. En comunidades del Gran Área Metropolitana (GAM), la escasez y los problemas de calidad del agua se han convertido en una experiencia cotidiana que afecta de manera particular a poblaciones vulnerables, entre ellas personas migrantes.


Aunque Pavas, al oeste de San José, es una de las zonas donde el problema se ha vuelto más visible, la falta de agua no es exclusiva de esta comunidad. En cantones como Alajuelita y Guadalupe, vecinos y vecinas también han denunciado cortes prolongados del servicio, que en algunos casos se extienden por varios días. En estos lugares, la respuesta comunitaria ha incluido la recolección de firmas y manifestaciones públicas para exigir soluciones ante la interrupción constante del suministro.


En barrios como Lomas de Pavas, el agua no fluye durante el día. Llega de madrugada, por pocas horas, y en ocasiones desaparece durante varios días consecutivos. Esta situación obliga a las personas a reorganizar su vida alrededor de un recurso básico que debería estar garantizado.


“Está muy difícil el acceso al servicio de agua. Viene solo una hora, a veces a las diez u once de la noche, y se quita a las dos de la mañana. A veces pasan dos o tres días sin agua. Tenemos niños pequeños y es muy duro”, relata Esther González, madre migrante nicaragüense y vecina de Pavas.


Para Esther, la falta de agua no es solo una incomodidad. Afecta directamente la crianza, la higiene y la salud de su familia. La llegada del agua en horas nocturnas obliga a permanecer despiertos para almacenar lo necesario, aun cuando al día siguiente haya que trabajar o llevar a los niños a la escuela.


La situación también impacta a otras personas migrantes que viven en la comunidad. Betty Fernández, migrante nicaragüense y vecina de Pavas, explica que el problema no es reciente. Desde su experiencia, la falta de agua se ha prolongado por casi un año, con interrupciones diarias que limitan actividades básicas como cocinar o asearse después de la jornada laboral.



Conocer los derechos, pero temer denunciar



Las personas migrantes entrevistadas en Pavas señalan que, aunque conocen que el acceso al agua es un derecho humano reconocido en Costa Rica, existe temor a denunciar o a expresarse públicamente debido a su condición de extranjeras. Este miedo no se relaciona con desconocimiento legal, sino con la preocupación de exponerse ante autoridades o instituciones, lo que contribuye a que muchas situaciones no se formalicen ni queden registradas.


Este silencio forzado termina profundizando la invisibilización del problema y limita la presión social necesaria para exigir respuestas estructurales.



Desde una perspectiva de derechos humanos, la falta de acceso al agua no puede analizarse como un problema individual. Así lo explica Yader Valdivia, integrante del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más, una organización conformada por personas nicaragüenses en Costa Rica que documenta violaciones a derechos humanos tanto en Nicaragua como en contextos de desplazamiento.


El Colectivo ha observado que muchas personas migrantes enfrentan barreras en el acceso a derechos básicos como salud, vivienda, educación y agua. Aunque Costa Rica reconoce formalmente estos derechos, su garantía no es homogénea en todo el territorio.


Según Valdivia, factores como el alto costo de la vivienda, la informalidad habitacional y la exclusión territorial empujan a muchas personas migrantes a asentarse en zonas periféricas, donde la infraestructura es limitada y los servicios básicos son inestables. En este contexto, la falta de agua se convierte en una carga adicional para poblaciones que ya enfrentan múltiples formas de vulnerabilidad.


El estatus migratorio, subraya, no debería influir en el acceso a derechos fundamentales. El agua es un derecho social y comunitario, cuya exigencia beneficia a toda la comunidad y no solo a quien la reclama.



La dimensión ambiental del problema


Más allá del impacto social, la crisis del agua también tiene una dimensión ambiental. José Fournier, ambientalista con experiencia en la gestión del recurso hídrico, explica que en los últimos años no solo ha disminuido la disponibilidad de agua, sino que también se ha deteriorado su calidad.


En distintas regiones del país existen fuentes de agua contaminadas con arsénico u otros químicos, lo que representa un riesgo directo para la salud humana y para los ecosistemas. La contaminación del agua no siempre es visible y, en muchos casos, se normaliza su consumo por falta de alternativas.


Cuando se afecta una cuenca —ya sea por contaminación o por sobreexplotación— no solo se ve afectada la población humana. Ríos, acuíferos, flora y fauna forman parte de un mismo sistema interconectado. Desde esta perspectiva, el acceso al agua es también un derecho ambiental, vinculado al derecho a un ambiente sano.



La respuesta institucional y sus límites



El Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA) ha señalado que muchos de los problemas de abastecimiento se deben a deficiencias históricas en los sistemas de tuberías, que durante años no contaron con un diseño ni mantenimiento adecuados. Según la institución, fue hasta hace poco que se comenzaron a realizar trabajos para corregir estas fallas estructurales.


No obstante, a pesar de estas intervenciones, los cortes prolongados continúan en comunidades como Pavas, Alajuelita y Guadalupe. Esto evidencia que, aunque las obras en infraestructura son necesarias, aún no han sido suficientes para garantizar el acceso continuo y seguro al agua.



Un problema que va más allá de un barrio



La situación en Pavas no es un caso aislado. Las acciones comunitarias en otros cantones de San José muestran que se trata de un problema estructural que atraviesa distintos territorios del país y que combina fallas en infraestructura, gestión del recurso y desigualdades sociales.


Mientras tanto, en Pavas, la vida sigue marcada por horarios impuestos por la escasez. Baldes, recipientes y tanques improvisados forman parte de la rutina diaria. La falta de agua no es solo una falla técnica: es una expresión concreta de desigualdad social, ambiental y territorial, donde la migración se cruza con la exclusión.


Reconocer estas realidades es un paso indispensable para que el derecho al agua —y a un ambiente sano— deje de ser una promesa escrita y se convierta en una experiencia cotidiana para todas las personas.


Con el auspicio del Fondo de Canadá, para iniciativas locales de la Embajada de Canadá para Costa Rica, Nicaragua y Honduras.


Bombardeos en Caracas y captura de Maduro: el mensaje para la dictadura Ortega-Murillo

3 de enero de 2026.

Queridísimos lectores,

Lady Lente jamás ignora lo que ocurre cuando el poder cree que nadie lo observa, y desde la medianoche comenzaron a anunciarse bombardeos sobre Caracas, con reportes de explosiones y sobrevuelos militares recogidos por Reuters y replicados por medios regionales e internacionales.



En ese escenario de ataques aéreos sostenidos en distintos puntos de la capital venezolana, Estados Unidos confirmó oficialmente la captura de Nicolás Maduro y su traslado fuera de Venezuela, según el anuncio del presidente estadounidense y la cobertura de agencias internacionales como Reuters. La confirmación se produjo en medio de los bombardeos reportados desde las primeras horas del día, lo que intensificó la alarma regional.



Los bombardeos en Caracas, descritos por testigos como una secuencia de detonaciones y sobrevuelos a baja altura, provocaron cortes eléctricos y movimientos militares en la ciudad, una escalada que Reuters calificó como una de las más graves registradas recientemente. Ante ello, el régimen venezolano declaró estado de emergencia y denunció una “agresión militar”, de acuerdo con la misma agencia.

Washington mueve las piezas



Desde Washington, la narrativa oficial presenta la operación como una acción directa contra un gobierno acusado de autoritarismo y vínculos con el narcotráfico, un giro que analistas citados por El País consideran de alto riesgo para la estabilidad regional. A su vez, The Guardian advierte que el uso de la fuerza militar directa en una capital latinoamericana sienta un precedente histórico.



Managua: el silencio de una dictadura que entiende el aviso



Mientras Caracas era sacudida por bombardeos anunciados desde la medianoche y se confirmaba la captura de Maduro, la dictadura Ortega-Murillo rompió el silencio y emitió un comunicado oficial rechazando la operación estadounidense, calificándola como una “agresión imperialista” y una violación a la soberanía venezolana, una postura consistente con pronunciamientos previos del régimen recogidos por medios como 100% Noticias, donde Daniel Ortega había expresado temor ante acciones de Estados Unidos y defensa pública de Rosario Murillo. 


El mensaje fue acompañado por un tono particularmente más enérgico y categórico de Daniel Ortega, quien elevó el discurso de confrontación y cerró filas en defensa del régimen venezolano. Analistas interpretan esta reacción como una señal de inquietud política —más visible que en el régimen cubano, que posee mayor blindaje diplomático y estratégico— lo que sugiere que Ortega hoy tiene más razones para “poner su barba en remojo” ante una potencial escalada regional. 


Este alineamiento discursivo entre Managua y Caracas ha sido examinado por organizaciones de análisis político venezolanas como ProBox, que advierten que no todos los regímenes autoritarios enfrentan el mismo nivel de exposición ante cambios abruptos en el equilibrio regional.


A esta hora, queridos lectores, hay bombardeos reportados desde la medianoche y una captura confirmada por Estados Unidos. Entre comunicados y reacciones, una certeza se impone: el tablero de poder en América Latina acaba de moverse.


Y cuando eso ocurre,

las dictaduras escuchan con atención.


Con la pluma afilada y el té intacto,

Siempre fiel, Lady Lente ☕📜



El Año Nuevo no llega el mismo día para todas las personas: tradiciones y calendarios alrededor del mundo

 Por Alex Jacometti 


El fin de año suele asociarse con celebraciones, balances El fin de año suele asociarse con celebraciones, balances personales y nuevos comienzos. Para muchas personas, el Año Nuevo inicia el 1.º de enero, marcado por cenas familiares, rituales simbólicos y propósitos que buscan transformar el año que empieza. Sin embargo, esta fecha no es universal. En distintas partes del mundo, el Año Nuevo se celebra en momentos diferentes, guiado por calendarios lunares, solares o por los ciclos de la naturaleza.


Para las personas migrantes, estas diferencias no son solo culturales: también son emocionales. Celebrar el Año Nuevo lejos del país de origen implica negociar tradiciones, memorias y nuevas formas de pertenecer.



El calendario gregoriano y la globalización del 1.º de enero



El calendario gregoriano es el sistema de medición del tiempo más utilizado a nivel mundial y establece el 1.º de enero como inicio del año. Según la Encyclopaedia Britannica, este calendario fue introducido en 1582 y se basa en el ciclo solar, lo que facilitó su adopción internacional como calendario civil.


En América Latina, Europa y gran parte de Occidente, esta fecha se ha consolidado como el principal momento de cierre de año. Sin embargo, su celebración no es homogénea. Cada región —y cada comunidad— resignifica el fin de año desde sus propias experiencias históricas y sociales.


Para muchas personas migrantes latinoamericanas, recibir el Año Nuevo bajo este calendario implica mantener rituales aprendidos en casa, aun cuando el contexto sea distinto. Comer ciertos alimentos, repetir gestos familiares o escuchar música del país de origen se convierte en una forma de conexión emocional con el hogar.



El Año Nuevo en Latinoamérica: rituales compartidos y significados propios



En Latinoamérica, el Año Nuevo celebrado el 1.º de enero está profundamente marcado por una mezcla de herencias europeas, creencias populares y prácticas comunitarias. De acuerdo con la Encyclopaedia Britannica sobre la vida cultural en América Latina, muchas tradiciones actuales combinan influencias españolas con rituales reinterpretados localmente.


Entre las prácticas más extendidas en la región se encuentran:


  • Comer doce uvas a la medianoche, una por cada mes del año.
  • Usar ropa interior de colores, especialmente amarillo para la abundancia y rojo para el amor.
  • Realizar rituales de limpieza, como baños con hierbas o el uso de velas.
  • Caminar con maletas para atraer viajes y nuevas oportunidades.



Estos rituales, lejos de ser simples supersticiones, funcionan como lenguajes simbólicos que expresan deseos de estabilidad, trabajo, salud y bienestar, especialmente en contextos marcados por la incertidumbre económica o social.


Para las personas migrantes latinoamericanas, repetir estos rituales en otro país puede ser una forma de resistir el desarraigo y preservar la identidad cultural.



Fuego, cierre y memoria: rituales de despedida en la región



En países como Ecuador, Colombia y algunas zonas de Venezuela, es común la quema de muñecos o “años viejos”. Según documenta National Geographic al analizar tradiciones de Año Nuevo alrededor del mundo, estos muñecos representan todo aquello que se desea dejar atrás: conflictos, pérdidas o dificultades del año que termina.


Desde una mirada migrante, este ritual adquiere un significado adicional: no solo se quema el año, sino también la nostalgia, el duelo por la distancia y los cambios forzados. El fuego actúa como un acto colectivo de liberación.



El Año Nuevo chino y la experiencia migratoria



El Año Nuevo chino, celebrado entre enero y febrero según el calendario lunar, es una de las festividades más importantes del mundo. Como explica National Geographic, esta celebración se extiende por varios días y enfatiza la reunión familiar, la memoria y la continuidad cultural.


En comunidades migrantes chinas alrededor del mundo, el Año Nuevo se convierte en un acto de reafirmación identitaria. Las celebraciones públicas, los desfiles y las comidas tradicionales funcionan como espacios donde la migración no borra la cultura, sino que la transforma.



Nowruz: el Año Nuevo persa y el renacer lejos de casa



El Nowruz, celebrado alrededor del 21 de marzo, coincide con el equinoccio de primavera y ha sido reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Este Año Nuevo persa simboliza el renacer de la naturaleza y el equilibrio.


Para las personas migrantes de origen persa o centroasiático, Nowruz es una fecha profundamente emocional. Preparar la mesa Haft-Sin lejos del país de origen se convierte en un acto de memoria y resistencia cultural.



Rosh Hashaná: migración, memoria y espiritualidad



El Rosh Hashaná, Año Nuevo judío, se celebra entre septiembre y octubre. Según la Jewish Virtual Library, esta festividad marca un tiempo de reflexión y renovación espiritual.


Históricamente, las comunidades judías han vivido procesos de migración y diáspora, por lo que el Rosh Hashaná también representa un espacio de continuidad cultural más allá del territorio. Celebrarlo en distintos países ha sido, durante siglos, una forma de mantener viva la identidad.



Año Nuevo, migración y pertenencia



Para muchas personas migrantes, el Año Nuevo no es solo una fecha: es un recordatorio de la distancia, pero también una oportunidad para crear nuevas formas de hogar. Celebrar con rituales heredados, adaptados o mezclados con nuevas culturas demuestra que la identidad no es fija, sino en constante transformación.


Aunque las fechas y tradiciones varían, el significado del Año Nuevo es compartido: cerrar ciclos, agradecer lo vivido y abrir espacio para lo que viene. En contextos de migración, este acto se vuelve aún más profundo, porque implica reconstruirse sin olvidar de dónde se viene.


Celebrar el Año Nuevo, en cualquier calendario, es también un acto de memoria, resistencia y esperanza.

 personales y nuevos comienzos. Para muchas personas, el Año Nuevo inicia el 1.º de enero, marcado por cenas familiares, rituales simbólicos y propósitos que buscan transformar el año que empieza. Sin embargo, esta fecha no es universal. En distintas partes del mundo, el Año Nuevo se celebra en momentos diferentes, guiado por calendarios lunares, solares o por los ciclos de la naturaleza.


Para las personas migrantes, estas diferencias no son solo culturales: también son emocionales. Celebrar el Año Nuevo lejos del país de origen implica negociar tradiciones, memorias y nuevas formas de pertenecer.



El calendario gregoriano y la globalización del 1.º de enero



El calendario gregoriano es el sistema de medición del tiempo más utilizado a nivel mundial y establece el 1.º de enero como inicio del año. Según la Encyclopaedia Britannica, este calendario fue introducido en 1582 y se basa en el ciclo solar, lo que facilitó su adopción internacional como calendario civil.


En América Latina, Europa y gran parte de Occidente, esta fecha se ha consolidado como el principal momento de cierre de año. Sin embargo, su celebración no es homogénea. Cada región —y cada comunidad— resignifica el fin de año desde sus propias experiencias históricas y sociales.


Para muchas personas migrantes latinoamericanas, recibir el Año Nuevo bajo este calendario implica mantener rituales aprendidos en casa, aun cuando el contexto sea distinto. Comer ciertos alimentos, repetir gestos familiares o escuchar música del país de origen se convierte en una forma de conexión emocional con el hogar.



El Año Nuevo en Latinoamérica: rituales compartidos y significados propios



En Latinoamérica, el Año Nuevo celebrado el 1.º de enero está profundamente marcado por una mezcla de herencias europeas, creencias populares y prácticas comunitarias. De acuerdo con la Encyclopaedia Britannica sobre la vida cultural en América Latina, muchas tradiciones actuales combinan influencias españolas con rituales reinterpretados localmente.


Entre las prácticas más extendidas en la región se encuentran:


  • Comer doce uvas a la medianoche, una por cada mes del año.
  • Usar ropa interior de colores, especialmente amarillo para la abundancia y rojo para el amor.
  • Realizar rituales de limpieza, como baños con hierbas o el uso de velas.
  • Caminar con maletas para atraer viajes y nuevas oportunidades.



Estos rituales, lejos de ser simples supersticiones, funcionan como lenguajes simbólicos que expresan deseos de estabilidad, trabajo, salud y bienestar, especialmente en contextos marcados por la incertidumbre económica o social.


Para las personas migrantes latinoamericanas, repetir estos rituales en otro país puede ser una forma de resistir el desarraigo y preservar la identidad cultural.



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En países como Ecuador, Colombia y algunas zonas de Venezuela, es común la quema de muñecos o “años viejos”. Según documenta National Geographic al analizar tradiciones de Año Nuevo alrededor del mundo, estos muñecos representan todo aquello que se desea dejar atrás: conflictos, pérdidas o dificultades del año que termina.


Desde una mirada migrante, este ritual adquiere un significado adicional: no solo se quema el año, sino también la nostalgia, el duelo por la distancia y los cambios forzados. El fuego actúa como un acto colectivo de liberación.



El Año Nuevo chino y la experiencia migratoria



El Año Nuevo chino, celebrado entre enero y febrero según el calendario lunar, es una de las festividades más importantes del mundo. Como explica National Geographic, esta celebración se extiende por varios días y enfatiza la reunión familiar, la memoria y la continuidad cultural.


En comunidades migrantes chinas alrededor del mundo, el Año Nuevo se convierte en un acto de reafirmación identitaria. Las celebraciones públicas, los desfiles y las comidas tradicionales funcionan como espacios donde la migración no borra la cultura, sino que la transforma.



Nowruz: el Año Nuevo persa y el renacer lejos de casa



El Nowruz, celebrado alrededor del 21 de marzo, coincide con el equinoccio de primavera y ha sido reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Este Año Nuevo persa simboliza el renacer de la naturaleza y el equilibrio.


Para las personas migrantes de origen persa o centroasiático, Nowruz es una fecha profundamente emocional. Preparar la mesa Haft-Sin lejos del país de origen se convierte en un acto de memoria y resistencia cultural.



Rosh Hashaná: migración, memoria y espiritualidad



El Rosh Hashaná, Año Nuevo judío, se celebra entre septiembre y octubre. Según la Jewish Virtual Library, esta festividad marca un tiempo de reflexión y renovación espiritual.


Históricamente, las comunidades judías han vivido procesos de migración y diáspora, por lo que el Rosh Hashaná también representa un espacio de continuidad cultural más allá del territorio. Celebrarlo en distintos países ha sido, durante siglos, una forma de mantener viva la identidad.



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Para muchas personas migrantes, el Año Nuevo no es solo una fecha: es un recordatorio de la distancia, pero también una oportunidad para crear nuevas formas de hogar. Celebrar con rituales heredados, adaptados o mezclados con nuevas culturas demuestra que la identidad no es fija, sino en constante transformación.


Aunque las fechas y tradiciones varían, el significado del Año Nuevo es compartido: cerrar ciclos, agradecer lo vivido y abrir espacio para lo que viene. En contextos de migración, este acto se vuelve aún más profundo, porque implica reconstruirse sin olvidar de dónde se viene.


Celebrar el Año Nuevo, en cualquier calendario, es también un acto de memoria, resistencia y esperanza.


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