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Lo que un museo dice sin hablar

 Por Alex Desjardins 



Hay lugares que no solo se recorren, se sienten.

El Museo Nacional de Costa Rica es uno de ellos.


Antes de entrar de lleno a la historia, hay una pausa inesperada.

En la entrada, un mariposario te recibe como un pequeño escape de la naturaleza dentro de la ciudad. Es un respiro en medio del concreto, una transición casi simbólica entre el ruido urbano y la introspección. Las mariposas no parecen pertenecer al caos de afuera; flotan con una calma que contrasta con el ritmo acelerado de San José. No estás fuera de la ciudad, pero por un momento lo parece.


Ese primer contacto no es menor. Funciona como un umbral: de lo vivo y orgánico a lo construido y narrado. De lo espontáneo a lo cuidadosamente seleccionado.


Y luego, el recorrido cambia.


Se pasa de ese instante ligero a salas y pasillos cargados de memoria.

Objetos, fotografías, estructuras… fragmentos de un país que se intenta ordenar, explicar, preservar. La historia de Costa Rica —y especialmente de la capital— se despliega como una línea que busca coherencia, como si cada sala quisiera acomodar el pasado en una narrativa comprensible, casi digerible.


Entré esperando encontrar historia.

Salí cuestionando cómo la contamos.


Caminar por sus espacios es atravesar versiones. Cada vitrina, cada texto en la pared, cada objeto expuesto responde a decisiones: qué incluir, qué dejar fuera, qué enfatizar y qué suavizar. No es solo lo que se exhibe, sino cómo se decide exhibirlo. Y ahí es donde todo cambia.


Porque la historia no es neutra.

Es una construcción.


En muchos momentos, la narrativa se siente ordenada, incluso serena. Como si el pasado pudiera organizarse sin demasiadas tensiones. Y eso genera una sensación particular: la de estar frente a una historia que, aunque real, también ha sido filtrada. No necesariamente falseada, pero sí editada.


Lo que más me quedó no fue un dato puntual, sino una percepción: la manera en que muchas personas en Costa Rica entienden su historia está profundamente ligada a este tipo de relatos. Versiones donde los conflictos parecen lejanos, donde las rupturas se suavizan y donde predomina una idea de continuidad más que de choque.


Y entonces surge la pregunta incómoda:

¿qué partes estamos viendo… y cuáles no?


¿Qué historias no llegaron a estas paredes? ¿Qué voces no fueron consideradas lo suficientemente representativas? ¿Qué incomodidades quedaron fuera para sostener una narrativa más estable?


No se trata de desacreditar el museo —al contrario—, sino de entenderlo como lo que también es: un punto de partida. Un espacio que refleja una forma de vernos, una manera de construir identidad desde lo que se muestra… y desde lo que se omite.


Porque todo museo, en el fondo, también es un espejo.


Uno que no necesariamente devuelve una imagen completa, pero sí una imagen intencionada.


Quizá por eso, más que respuestas, me llevé dudas.

Y eso también es valioso.


Porque cuestionar la historia es, en el fondo, cuestionar quiénes somos. Es preguntarse de dónde viene esa idea de país tranquilo, de identidad homogénea, de relato sin grandes fracturas. Es abrir la puerta a pensar que tal vez hay más capas, más matices, más tensiones de las que estamos acostumbrados a reconocer.


Y en ese ejercicio, el museo cumple un rol importante: no como verdad absoluta, sino como detonante.


Sobre eso —la identidad del tico, lo que creemos ser y lo que realmente somos— quiero profundizar en otra nota más adelante. Porque hablar de historia sin hablar de identidad es quedarse a medio camino.


Por ahora, me quedo con esto:

a veces, para entender un país, no basta con mirar lo que muestra… sino también lo que decide no mostrar.


El diablo viste a la moda: ¿quién es la verdadera villana y qué revelará la secuela sobre el periodismo digital?

 Por redacción de Desde mi lente





Con el hype de El diablo viste a la moda y el anuncio de su secuela, decidí volver a verla. Pero esta vez no desde la nostalgia ni desde la moda, sino desde un lugar mucho más personal: el de una mujer joven intentando abrirse camino en el mundo laboral, especialmente en áreas como el periodismo, donde las oportunidades muchas veces llegan disfrazadas de sacrificio.


¿Y si nunca hubo una villana en El diablo viste a la moda?


Durante años nos enseñaron a ver esta historia como una lucha clara entre “la buena” y “la mala”. Por un lado, Andy Sachs, la chica común, noble, que solo quiere una oportunidad. Por el otro, Miranda Priestly, la jefa fría, exigente, casi inhumana. Y en medio, los amigos, el novio, el entorno… como si todos tuvieran un rol claro en esta narrativa.


Pero al volver a verla, algo cambia.


Andy no es simplemente una víctima. Sí, entra a un trabajo donde no encaja, donde no entiende las reglas, donde la tratan mal. Pero también decide quedarse. Decide adaptarse. Decide transformarse. Y eso no es menor. Porque muchas veces, cuando hablamos de mujeres en espacios laborales difíciles, caemos en la trampa de verlas únicamente como víctimas del sistema, quitándoles algo fundamental: su capacidad de decisión.


Andy elige. Y elegir, incluso en contextos limitados, también es poder.


Desde una mirada feminista, esto es incómodo pero necesario. Porque reconocer la agencia de Andy no significa ignorar las injusticias, sino entender que sobrevivir en ciertos entornos implica negociar con ellos. Implica ceder, resistir, adaptarse… y a veces, perderse un poco en el proceso.


Y ahí es donde entra Miranda.


Miranda no es solo “la villana”. Es el resultado de un sistema que durante años ha exigido a las mujeres ser el doble de duras, el doble de perfectas, el doble de implacables para poder sostener una posición de poder. No es casualidad que sea temida. No es casualidad que no tenga margen para el error. No es casualidad que su humanidad esté completamente relegada.


¿Eso la justifica? No.

Pero sí la explica.


Desde el feminismo, también es importante cuestionar cómo construimos a las “mujeres poderosas” en la narrativa. ¿Por qué una mujer exigente es automáticamente cruel, mientras que un hombre en la misma posición es visto como líder? ¿Por qué la empatía parece ser un requisito obligatorio para unas, pero opcional para otros?


Miranda no es el ideal. Pero tampoco es un monstruo aislado. Es el reflejo de lo que el sistema recompensa.


Y luego están los otros personajes.


El novio de Andy, sus amigos… quienes, en teoría, representan la “vida real”, lo auténtico, lo correcto. Pero, ¿realmente lo son? ¿O también encarnan otra forma de presión? Porque mientras Andy intenta crecer profesionalmente, ellos la juzgan, la cuestionan, la hacen sentir culpable por cambiar. No intentan entender el contexto en el que está, sino que esperan que siga siendo la misma, sin importar lo que eso implique para su futuro.


Y eso también pasa en la vida real.


¿Cuántas veces se le exige a una mujer que no cambie, que no “se pierda”, que no priorice su carrera… mientras se aplaude cuando un hombre hace exactamente lo mismo?


Por eso, esta película deja de ser una historia sobre moda y se convierte en algo mucho más profundo: una reflexión sobre lo que estamos dispuestas a tolerar para sobrevivir.


Como periodista joven, he estado en los zapatos de Andy. He aceptado trabajos mal pagados. He trabajado con jefes difíciles. He sentido esa presión constante de demostrar que valgo, incluso cuando las condiciones no son justas. Y migrar lo hace aún más complejo. Porque cuando estás empezando desde cero en otro país, muchas veces no elegís lo ideal: elegís lo posible.


Y eso no siempre se ve bonito.


A veces implica callar.

A veces implica aguantar.

A veces implica convertirse en una versión de vos misma que no reconocés del todo.


Pero también implica algo más: aprender cuándo irte.


Porque si algo hace bien Andy al final, no es resistir. Es decidir. Es entender que ya aprendió lo que tenía que aprender, y que quedarse más tiempo significaría perderse por completo.


Y tal vez ahí está la verdadera lección.


Ahora, con la llegada de una posible segunda parte, surge otra pregunta que va más allá de los personajes: ¿de qué va a tratar realmente esta historia hoy?


Porque el mundo que mostraba Runway ya no existe como antes.


Muchos especulan que la secuela podría girar en torno al choque entre los medios tradicionales —las revistas impresas, el prestigio editorial, la curaduría de élite— y el mundo digital: inmediato, cambiante, muchas veces precario, pero también más accesible.


Y si eso es así, entonces esta historia ya no solo sería sobre moda… sino sobre la transformación de toda una industria.


La caída de lo impreso.

La urgencia del clic.

La presión de ser relevante todo el tiempo.


Y ahí es donde esto se vuelve aún más personal.


Porque Desde mi lente, este blog, y yo como profesional de la comunicación, somos parte de esa transición. Somos ejemplo de esa realidad donde ya no necesitas una gran revista para contar historias, pero donde también todo es más inestable, más competitivo y, muchas veces, menos justo.


Hoy no solo luchamos por un espacio.

Luchamos por sostenerlo.


Por eso, si la secuela realmente aborda este cambio, no será solo una continuación: será un espejo de lo que vivimos ahora.


De nuevas Andys tratando de entrar a una industria que ya no tiene las mismas reglas.

De nuevas Mirandas intentando sostener estructuras que se están desmoronando.

Y de una generación entera navegando entre la pasión, la precariedad y la necesidad de reinventarse constantemente.


Porque al final, la pregunta no es quién fue la mala.


Es mucho más incómoda:

¿cuánto de Andy hemos sido… y cuánto de Miranda nos ha tocado ser para sobrevivir… en un mundo que ya cambió por completo?


RESURRECCIÓN NICARAGUENSE



 

Jesús de Nazaret.

¿Por qué tarda la resurrección

de Nicaragua pencona?

Ya son VIII años de lucha,

que el pueblo opositor

ha caminado por su liberación.

El pueblo en sus hombros

lleva una pesada cruz,

exigiendo y reclamando a Jesús.

¿Por qué tarda la resurrección?

 

Por mucha muerte que la tiranía,

nos ha causado no es el final,

porque nos multiplicamos.

Aunque morimos no somos

cadáveres de un ciego destino,

otros y otras siguen el camino.

El que vaya cayendo será

repuesto como la cera,

de la candela luminosa.

Nuestro destino es vivir

en una Nicaragua maravillosa,

sin padecer violencia y morir.

 

En este caminar de la resurrección,

la tristeza nos alcanza:

Por un hermano y una hermana

masacrada, torturado y perdido.

Nuestro corazón queda dolorido.

buscamos en la fe la esperanza.

Celebrando y haciendo alabanza.

En tu palabra confiamos, Jesús.

Con la certeza que eres la luz. 

Resucitaste y vencimos contigo,

por ser tus hijas, hijos y amigos.

 

Aunque pasen los días fríos,

aunque pasen los meses grises,

aunque pasen los años de crisis.

La resistencia estará encendida

como una antorcha guiadora

de la procesión del pueblo.

En su camino a la resurrección.

hace VIII años y parece como ayer,

juntos íbamos mirábamos crecer,

en la insurrección hasta vencer,

a la brutal y sanguinaria dictadura

liberar a la patria que nos vio nacer.

 

Las hijas y los hijos de Nicaragua:

No se cansan de luchar,

El guardabarranco no se cansa de volar,

El campesino no se cansa de creer,

El indígena no se cansa de amar,

El obrero no se cansa de cantar,

Los jóvenes no se cansan de bailar,

Los estudiantes no se cansan de soñar,

Los opositores no se casan de pensar,

Las mujeres no se casan de brillar.

Esta historia combativa es un corazón,

sufrido y partido en mil pedazos.

La esperanza busca su canción: ´

en lpaz, el amor y los abrazos.

Hoy domingo de resurrección:

¡Jesús de Nazaret resucitó y resucitó,

Mañana Nicaragua resucitará

y de la tiranía de la muerte nos libró!

 

Javier Tórrez Bermúdez

Poeta, teólogo y politólogo

05 de abril de 2026.

Guayabos de Curridabat, San José, Costa Rica.

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